¡Claro que hay un puñado de bonitos pueblos en Cantabria!
rincones de esos que por sus características tanto naturales como arquitectónicas son dignos de paseo, pero si nunca has estado en la tierruca hay 6 pueblos a los que Sí o Sí deberías ir.
Aquí te dejamos un mapa para que puedas ver su situación:

1- Santillana del mar 2- Comillas 3- San Vicente de la Barquera 4- Castro Urdiales 5- Potes 6- Bárcena Mayor
1. Santillana del Mar
Santillana encabeza la lista de los lugares que no debes dejar de ver. Fue el primer conjunto histórico artístico del norte en entrar a formar parte de los pueblos más bonitos de España. Santillana del mar es «la Granada montañesa».

Se dice es que ni es santa, ni es llana, ni tiene mar pero yo creo que a quien se le ocurriera no lo pensó mucho. Su término municipal lo bañan bonitas playas y el lugar está repleto de santidad que emana desde la colegiata de Santa Juliana de donde recibe el nombre, además contó con varios monasterios por ser un ramal importante del camino de Santiago.
El urbanismo de Santillana del Mar tiene forma de “y” griega, es decir, se organiza en torno a dos calles principales que van a parar a sendas plazas.
La primera calle y la más importante toma diversos nombres (Carrera, Cantón, del Río) y va hasta la Colegiata que fue el primer centro de la villa.
Cuando Santillana se convirtió en capital de la merindad de las Asturias, división administrativa de la corona de Castilla, hubo un aumento de población y la necesidad de un merino o administrador, en ese momento se formó la segunda plaza, inicialmente llamada Plaza del Mercado; después un fuero del monarca permitió que se denominase Plaza Mayor. Sus dos construcciones más emblemáticas son la Torre del Merino y la Torre de Don Borja.
Santillana jugó un papel muy importante en el desarrollo del origen de España. Como algunos pueblos del norte en el S XIX estaba llena de familias hidalgas y aunque tenían tierras y palacios, como se puede ver en las numerosas casonas blasonadas, con el paso del tiempo muchos de aquellos apellidos no implicaron riqueza. Los nobles tenían prohibido trabajar con las manos pero dado a su falta de liquidez se vieron obligados a ocupar puestos administrativos o políticos y en muchos casos emigrar, fue un tiempo en el que poco a poco Santillana fue cayendo en el abandono.
En 1879 el descubrimiento de la cueva de Altamira, una de las joyas del arte rupestre a nivel mundial, cambiará la suerte de este encantador pueblo. La cueva atrajo a un gran número de estudiosos e intelectuales. También, con la llegada de Alfonso XIII, el turismo aristocrático español arraigó con fuerza en Cantabria y desde entonces Santillana del Mar pasó a ser un destino de moda.
Pero si a alguien le debe pleitesía la villa es sin duda al hijo político del Marqués de Santillana, el Conde Güell, que sintiéndose atraído por ella y por el sentimiento romántico de la época puso mucho empeño en que fuera declarada monumento histórico-artístico para protegerla.
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2. Comillas
Comillas es un delicioso lugar que se asoma al mar Cantábrico por un pequeño y tímido puerto, a pesar de ello nunca temió servir de cobijo a un pueblo que en su apasionante historia funde piedras del medievo con vivaces composiciones modernistas proyectadas por grandes genios como Gaudí, Martorell, Llimona o Domènech i Muntaner.

Según un antiguo documento el nombre de Comillas procede la raíz celta kamb que significa curva haciendo referencia a su relieve ondulado entre tres colinas: la Cardosa donde se encuentra la Universidad Pontificia, la colina del Palacio de Sobrellano y la colina del Palacio de la Coteruca, ya desaparecido.
Los habitantes de Comillas en el pasado vivieron de la captura de ballenas, el atalayero estaba pendiente desde su torre y en cuanto las veía daba el aviso con señales de humo, cuernos y banderas, una vez capturada se despiezaba en la playa y según la costumbre el primer trozo era para el atalayero, después como pago de tributo otras partes iban a parar al ayuntamiento y a la iglesia. Comillas fue el último puerto ballenero del Cantábrico hasta que al desaparecer las ballenas tuvieron que dedicarse a la pesca de la sardina.
En la segunda mitad del S XIX Comillas experimentará un magnífico resurgimiento de la mano de su hijo predilecto Antonio López y López. En el año 1881 don Antonio invitó a su gran amigo Alfonso a su tierra natal, nada más y nada menos que el monarca del momento. Alfonso XII tenía la salud delicada y su médico le había recomendado una localidad costera por los beneficios de la mar. La villa de Comillas se implicó en crear una magnífica acogida ante una visita tan importante cuestión clave para su devenir.
El indiano hizo renovar con lujo su casona palacio, para ello contrató artistas y decoradores catalanes que transformaron y ampliaron el caserón, incluso un joven Gaudí aún poco conocido diseñó un kiosko-fumador para el jardín. Alfonso XII, su mujer María Cristina y el resto de la familia real se alojaron en la casona-palacio de Ocejo.
También se arreglaron las calles y se colocaron arcos en las entradas que representaban los distintos oficios, pero lo que marcará un antes y un después de aquel 6 de agosto fue la disposición a lo largo de las calles de 30 farolillos que debían iluminarse con la llegada del rey, así Comillas se convierte en la primera localidad española con luz eléctrica.
El mismo palacio Ocejo fue también escenario de la celebración de un congreso de ministros durante ese verano, para lo cual Comillas tuvo que convertirse en capital de España por un día. Los otros dos grandes acontecimientos fueron la presentación al Rey del primer buque español con casco de acero y la inauguración de la Capilla-Panteón.
El rey repite su visita a la villa al año siguiente. En esta ocasión vendrá acompañado de su madre, Isabel II.La llegada de la reina supuso para Comillas la organización de otro evento único. Se repite una gran bienvenida, cañonazos, cohetes y repique de campanas. Pero el suceso más relevante en esta ocasión fue la celebración de diversas conferencias sobre las aplicaciones de la electricidad llevadas a cabo por los mejores especialistas de la época.
Los cursos serán como un imán para burgueses enriquecidos y aristócratas en su afán de hacer historia, y supondrán la gran transformación de un pueblo que se convertirá en el lugar de ensayo del Modernismo.
En agradecimiento a un hombre que había prestado grandes servicios a la corona española el rey concedió a don Antonio el título de marqués de Comillas.
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3. San Vicente de la Barquera
No hay otro pueblo en Cantabria que mejor reúna la esencia del Norte, si querías mar puedes mirar casi a cualquier parte y si lo que buscabas era montaña entonces eleva la mirada, así de fácil, en San Vicente lo tienes todo.

Escoltada entre picos, puentes, arena y mar San Vicente de la Barquera muestra con orgullo su obra más destacada, la iglesia de Santa Maria de los Ángeles que altiva se yergue a los pies de los Picos de Europa, una estampa marinera que seguro te va a cautivar.
Los romanos fundaron Portus Vereasueca en el actual emplazamiento de San Vicente de la Barquera. En 1473 cambió de nuevo su suerte cuando Alfonso VIII se encaprichó de ella y otorgándole el fuero de villazgo, fomentando el comercio marítimo y los derechos de la pesca, pasó a ser la última de las Cuatro villas marineras del Reino de Castilla junto con Castro, Laredo y Santander, además durante la Edad media fue un importante paso del Camino de Santiago en la ruta de la costa.
El día de San Miguel de 1517 el príncipe Carlos I visitaría San Vicente de la Barquera procedente de Colombres. Había embarcado en los Países Bajos con cuarenta naves rumbo a Santander, venía para hacerse con la corona de España pero una tormenta les desvío y aparecieron frente a la costa asturiana, dado el peligro del estado de la mar decidieron continuar por tierra y así, villa a villa, llegaría el monarca con su séquito a San Vicente donde se le recibió con una gran fiesta taurina. Durante los festejos el futuro rey contrajo fiebres que le obligaron a permanecer trece días en el Convento franciscano de San Luis, hoy en día una preciosa ruina en restauración.
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4. Castro Urdiales
Castro Urdiales es una bonita localidad cántabra con mucha tradición pesquera que mira al mar esperando que poco a poco regresen sus barcos de faenar.

Su pintoresco y atractivo puerto marítimo se esconde al abrigo de la atalaya en cuyos cimientos se hayan las huellas del pasado lejano de Castro, Flaviobriga, así llamada por los romanos, pero en las proximidades de esta bonita villa marinera se encuentran cuevas como testigo de la presencia de tribus primitivas muy anteriores a la conquista romana.
La atalaya es uno de los lugares obligatorios para la visita, contiene los hitos más representativos: la iglesia, el castillo, la ermita y el puente, desde allí hay una bonita vista hacia la bahía.
Además de su emplazamiento natural y de su huella antigua Castro-Urdiales posee una interesante colección de edificios modernistas que te encantará ver, fueron los encargos de una burguesía adinerada tanto por sus negocios de ultramar como por las minas locales que abastecían de minerales a la indústria del momento. Se puede hacer un recorrido que no lleva demasiado tiempo, así que lo suyo es reservar un rato para dar un paseo y disfrutar de esas construcciones. Los maestros favoritos para aquella clase pudiente de finales del XIX y principios del XX fueron sobre todo dos arquitectos locales: Leonardo Rucabado y Eladio Laredo.
Castro fue un pueblo dedicado desde sus orígenes a la pesca, así que también es importante mencionar su notable industria conservera y el puñado de restaurantes en los que uno se puede deleitar con ricos pescados y mariscos.
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5. Potes
Situada en un enclave privilegiado entre cuatro valles Potes luce con buen porte la capitalidad de Liébana sirviéndose del inmejorable escenario de los Picos de Europa.

En un lejano y espiritual lugar a lo largo de la baja edad media la villa de Potes prosperó lentamente primero bajo el dominio del Monasterio de Santo Toribio y después gracias a la nobleza que lo administraba. En tiempos de Juan II de la dinastía Trastámara, padre de Isabel la Católica, se consolidó como cabeza del amplio valle de Liébana, de esa época son construcciones destacadas la Torre de Orejón de la Lama y el puente de San Cayetano. Bajo la influencia del Marqués de Santillana, título de un miembro de la poderosa familia Mendoza, Potes cambiará su fisonomía rural para convertirse en una villa importante que levanta iglesias, palacios, casas de hidalguía blasonadas, torres-fortalezas y, puentes. Los Mendoza hicieron de Potes la capital de Liébana.
Cabe mencionar que la gran emigración hacia América favoreció la construcción de muchas de las bellas casas nobles. Potes fue declarada en 1983 Conjunto Histórico a pesar de haber sufrido los efectos devastadores del incendio que sufrió durante la Guerra Civil española, por lo que muchas de sus viviendas tuvieron que ser reconstruidas.
La gastronomía es una parte muy atractiva del valle con guisos tan populares como el cocido lebaniego que es el plato estrella, las carnes de caza son otra de las muchas exquisiteces: venado, jabalí… y para terminar una buena comida o sencillamente como picoteo nada mejor que alguno de los famosos «quesucos de Liébana». Dada la pobreza del terreno sus habitantes se han dedicado durante siglos al pastoreo y la caza, así como a la fabricación de quesos, una actividad que sirvió como complemento a la ganadería y que aún se mantiene.
Potes disfruta de un microclima que permite el cultivo de la vid, con su cosecha se elabora el famoso orujo que constituye un buen digestivo tras las ricas y generosas comidas que se estilan por aquellos lares, pero ¡cuidadín!! que son potentes.
Hay unas pocas tiendas en las que los podrás comprar cualquiera de los productos típicos pero, si quieres tener una variedad más grande, todos los lunes de 9h a 14h se celebra el animado mercado tradicional que además tiene unas interesantes raíces históricas ya que en el pasado era el punto de encuentro de los lebaniegos para intercambiar sus productos agrícolas.
Entre las diversas fiestas de la localidad destaca la fiesta de La Cruz que se celebra el 14 de septiembre junto al monasterio de Santo Toribio de Liébana y se venera el Lignun Crucis.
6. Bárcena Mayor
Bárcena Mayor es una pequeña aldea que serviría para ambientar cualquier bonita historia de cine sin necesitar ningún decorado.

Únicamente los vecinos pueden acceder con su coche de tal manera que antes de llegar deberás dejar tu vehículo en un aparcamiento municipal, pero no te preocupes, la entrada del pueblo está a muy pocos metros.
Bárcena Mayor es uno de esos lugares en los que sientes que se ha detenido el tiempo, tiene tanto encanto que si vas en invierno te sentirás paseando por la postal de Navidad más bonita que imagines.
Su caserío, increíblemente bien conservado es la representación arquitectónica de la casa rural típica montañesa con solanas de madera en la fachada principal donde colocan innumerables geranios que dotan de colorido a las pequeñas calles, en ellas, podrás ver los talleres de artesanos trabajando la madera de castaño o el mimbre.
En la Edad Media sirvió como ruta principal para foramontanos entre el norte de la península y Castilla, muchas de aquellas personas habían tenido que huir durante la invasión musulmana y a mediados del siglo IX regresaron a repoblar el norte de la meseta castellana.
Además, Bárcena Mayor está rodeada por la fascinante reserva natural del Saja-Besaya, en el valle de Cabuérniga, y en su foresta de robles y hayas habitan un innumerable número de animalillos como corzos, jabalíes, lobos o nutrias, así que, si eres amante de la naturaleza lo mejor será que vayas con tiempo de sobra y un buen calzado, te internes en el bosque y hagas una de sus estupendas rutas.
